DON ZACARIAS ( de MIGUEL LOPEZ DELGADO)

jueves, 12 de febrero de 2009

Por mediación de nuestro amigo y colaborador Juanma Gemio, nos llega esta historia que os ofreceremos en varios capitulos por aquello del espacio en cada "post". Es nuestro deseo qeu sea de vuestro agrado esta historia; y os animamos a que nos mandeis esos relatos o pequeñas novelas que teneis guardadas para darlas a conocer y compartirlas en esta sección de El Minero Digital.
Si al leer este relato; crees que le iría bien alguina imagen; te rogamos que nos la envies para poder adjuntarla.
Muchas Gracias.
P R Ó L O G O

La historia, que a continuación narro, es ficticia. Todo lo demás es verdadero y real.

La intención, que me guía al escribirla, es la de entretenerme; poco me preocupa, pués, que tú, querido lector, encuentres aburrido o monótono cuanto en las páginas siguientes puedas leer. Advertido quedas porque yo rechazo, de plano y de antemano, cualquier responsabilidad al respecto.

Y hecha esta advertencia, y visto que tu osadía es grande, puesto que continúas leyendo, te explicaré algunas cosas que sobre esta historia conviene saber.

Si vás a Peña de Hierro, cosa que te recomiendo por el enorme placer visual que proporciona visitar su corta minera, te sorprenderá encontrar una iglesia, derruida en parte, de diseño y construcción moderna. Si la curiosidad te corroe, te preguntarás al verla ¿porqué se construyó allí una iglesia que fué, evidentemente, casi derribada después, cuando debía llevar poco tiempo prestando su servicio?. ¿Porqué se dotó de iglesia a un poblado minero, habitado desde muchísimos años antes, que fue abandonado poco después de contar con élla?.

Construí esta historia buscando una explicación plausible a ese interrogante; ciertamente no es la verdadera pero, realmente, resulta más cómodo y divertido inventar que investigar.

La mayoría de los lugares descritos aquí son reales, aunque su ubicación puede estar alterada a mi conveniencia, y entre los personajes hay de todo: reales e imaginarios, incluso, mezcla de ambos. Nadie se sienta retratado: es más fácil coger de la realidad, cuando la has vivido y la tienes a mano, que inventar.

Y, por último, reconocer que, si has llegado hasta aquí, es posible que soportes la lectura completa. Que te diviertas.


CAP. 1
Don Zacarías avanzaba con paso resuelto por la falda del cerrete que separaba la derruida casucha, en la cual vivía, del humilde poblado minero de Peña de Hierro. Con el resuello entrecortado, la cara congestionada, la boina calada hasta las orejas y el sudor chorreándole por la frente, daba fuerte tirones a la sotana que se le enganchaba en las jaras del monte. La sotana de Don Zacarías encendía acaloradas discusiones entre sus escasos feligreses respecto al color que ostentaba; algunos, los más ancianos, aseguraban haberla visto de color negro pero, en la intimidad, comenzaban ya a dudar de su memoria; otros afirmaban furiosamente que era de color marrón oscuro y los más conservadores no dudaban en calificarla de grís marengo. Lo cierto era que la sotana en conformaba todo el vestuario eclesiástico de que disponía el cura e incluso, algunos maledicentes, aseguraban que constituía su vestuario al completo.

El motivo de la furibunda marcha de Don Zacarías no era otro que la rotura de uno de los escasos cristales que quedaban en las ventanas de su morada, la mayoría de cuyos huecos estaban tapados por tablas para impedir el paso, en la medida de lo posible, del frío y las moscas. Escasos minutos antes, el cura se hallaba plácidamente instalado en el patio trasero de la casa sentado sobre un banquillo de eneas. Se ocupaba en escamondar unas escuálidas patatas que, con mucho trabajo y esfuerzo, había conseguido cultivar en la dura tierra rojiza del huertecillo que se divisaba por la desvencijada puerta entreabierta del patio hacia el exterior. Se devanaba los sesos tratando de decidir si guisaría las patatas o las freiría con un par de huevos, que una feligresa caritativa le había proporcionado el día anterior, y un trozo de chorizo que aún le quedaba colgando del techo de la desprovista alacena; el asunto no era cuestión fácil y ya casi había terminado con las patatas cuando el ruido de vidrios rotos, en la parte delantera de su hogar, le sobresaltó.

Con un respingo y tres zancadas atravesó el pasillo que unía el corral con la siempre abierta puerta delantera por la que salió como un ciclón. Con la piernas abiertas y las manos en jarras, parado en medio del reseco jardincillo delantero, pudo ver como una pandilla de rapazuelos se alejaban corriendo despavoridos monte arriba en dirección a la aldea y, de un rápido vistazo a la fachada, tuvo que dar de baja, muy a su pesar, el penúltimo cristal de la ventana de la habitación donde dormía. Presa de la ira, pués no era la primera vez que ésto sucedía, decidió tomarse la justicia por su mano y dar a los mozalbetes un escarmiento, teniendo el convencimiento de que podría alcanzarlos antes de que se dispersaran en el seno del poblado. Girando sobre los talones penetró en el interior de la vivienda y, de un manotazo, recogió y se encasquetó la boina para, acto seguido, iniciar la persecución.

Don Zacarías no había tenido en cuenta, al tomar su precipitada decisión, que el sol le atacaría de frente durante todo el camino y que la sotana, pese a su evidente desgaste y deterioro, era un prenda confeccionada con un buen paño que abrigaba lo suyo. Además, a sus cincuenta y tantos años su cuerpo, aunque todavía fuerte y bien conservado debido a la vida frugal y ascética que el ejercicio del sacerdocio le había impuesto desde su juventud, no estaba ya en condiciones de mantener una explosión de energía como la que desarrollaban los críos de nueve y diez años que huían de él por la ladera hacia arriba. En consecuencia, a los pocos minutos, el cura resollaba como una de las locomotoras a vapor que, cargadas con un largo tren de vagones llenos de mineral, salían cada día de la mina de Peña de Hierro hacia Camas lanzando bocanadas de humo negro y vapor blanco mientras hacían sonar su silbato al cruzar los valles aledaños a Nerva. Don Zacarías, en lugar de silbar, rezongaba por lo bajo al tiempo que, perdiéndo presión, aminoraba la velocidad de su marcha.

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