El Rincón del libro aconsejado

martes, 11 de mayo de 2010



Fallece el poeta Juan Delgado López, autor de una extensa y sólida obra
Miembro de la Academia Iberoamericana de la Rábida fue enterrado en el cementerio de Riotinto, de donde era hijo adoptivo · El rector de la Universidad de Huelva lamentó la pérdida del escritor.


El poeta Juan Delgado López falleció ayer en Riotinto tras una larga enfermedad. Hasta allí se trasladaron escritores y amigos del poeta. Acudió al sepelio el rector de la Universidad de Huelva, Francisco Martínez, así como los miembros de la Academia Iberoamericana de la Rábida, a la que pertenecía, los también escritores José Manuel de Lara y Manuel Sánchez Tello; también acudió José María Franco con el que hizo su libro Geografía y amor, así como Antonio García Correa, del que realizó su biografía. En el cementerio, fue el escritor Paco Huelva quien pidió un aplauso para el poeta, mientras que Antonio Garnica, sacerdote y amigo de Juan Delgado, dirigió unas palabras sobre la amistad. Juan Delgado López nació en Campofrío en 1933. Allí fue donde pasó parte de su infancia y a donde, ha vuelto una y otra vez en sus escritos. Con once años, tras una infancia presidida por la Guerra Civil, su familia se marchó hacia Minas de Riotinto, lugar donde ha fallecido a la edad de 76 años y donde vio fraguarse su vocación y destino literario, y donde se le honró con el título de hijo adoptivo. La obra de Juan Delgado López ha obtenido no pocos premios y distinciones, tanto dentro como fuera del país. De ella cabe decir que es tan extensa como sólida y reconocida, con títulos como Por la imposible senda de tu boca (Sevilla, 1971), El cedazo (Madrid, 1973), Oficio de vivir (Sevilla, 1975), De cuevas y silencios (Algeciras, 1988) recogidos todos en Antología amarilla (Valparaíso, Chile, 1993 y México DF, 1994). Con posterioridad ha publicado Sonetos vegetales (Badajoz, 1996), Seis sonetos para un mismo amor (Málaga, 1998), Tiranía del viento (Algeciras, 1999), Cancionero del Tinto (Sevilla, 2006), o Habitante del Bosque (Huelva, 2007). Memoria, esencialidad y compromiso ético son los pilares sobre los que se asienta la obra de este poeta necesario, que siempre se alza desde la emoción y desde la honda y a veces desolada mirada del mundo, mediante una voz original en la que se entreveran el amargor existencial y la ternura, sostenidos ambos sobre la fértil matriz de la memoria. Juan Delgado era junto con Francisco Garfias y José Manuel de Lara, el gran poeta vivo de Huelva. El pasado mes de enero el Centro Andaluz de las Letras le rindió un homenaje en la Biblioteca de Huelva.


Impresionante dibujo de Alcaide, realizado para el libro de Juan Delgado López “Cuentos del Viejo Capataz”. Refleja con su habitual maestría los días de “manta”, días sin aire en los que la manta de humo sulfuroso –veneno puro- se depositaba en los valles y en las vaguadas impidiendo que la gente pudiera respirar. Las personas se desplazaban entonces hasta los lugares más elevados, buscando la bocanada de aire fresco, hasta que el viento de nuevo desplazara el veneno hacia otros parajes. Estos días los obreros tampoco cobraban el jornal completo, como si ellos fueran los responsables de las pérdidas que estos días tuviera la Compañía.

Paco Huelva, amigo del poeta escribe a continuación:


JUAN DELGADO (LETRAS CAPITALES)

El hilo que hizo ovillo entre Juan Delgado y quien les habla fue primero personaje. Renqueante estampa cruzando el pasillo de un hospital. Dijo llamarse Don Minero y ocurrió allá por 2003. De ese contacto nació un artículo que publiqué en Odiel Información, y que dice así:
“DON MINERO”
La semana pasada y por enfermedad de un familiar –por males, se dice en nuestra tierra-, pasé una noche en el hospital de Riotinto. Tuve la suerte de encontrar a una persona de cierta edad –o sea, vieja, muy vieja-…, “flaco, desgarbado y de una fealdad que ronda lo sublime; un bigote enorme, sucio y maloliente…, de desdentada boca” y que, además, “gazapea descompasadamente sobre una descomunal pata de palo”. Su nombre, cuando me fue dado, me hizo dudar de su estado mental: me llamo Don Minero, dijo, y se quedó mirándome con recelo a través de unos ojos interrogadores y vivaces, enmarcados en una cara de mil pliegues donde una boca falseada rompía horizontalmente los surcos verticales que conformaban su renegrida estampa. Pero, Don Minero, después de observarme detenidamente y mientras paseábamos por el pasillo de la segunda planta del hospital, empezó a hablar de la Cuenca Minera con un conocimiento tal que más parecía que hubiera sido el registrador o el notario de todo lo acontecido en esta tierra desde hacía miles de años. Don Minero habló durante seis horas ininterrumpidas. Hablaba y hablaba como si su boca fuese un venero conectado directamente con la historia nunca contada de esa comarca.
Describió, con frases directas, sin barroquismos innecesarios, cómo, antaño, los niños y las mujeres transportaban el mineral en una panera sobre la cabeza que hacían descansar en una morcilla de trapo. Niños y mujeres que eran la base de la mano de obra barata usada para barcalear el mineral. Me habló del calor insoportable, de los gases sulfurosos que emanaban de los hornos y de la tiranía de los capataces. De qué manera se preparaban las piritas calcinándolas al aire libre y de cómo la manta de humo tóxico, destrozaba los pulmones de los mineros y sus familiares, aparte de hacer desaparecer las cosechas y marchitar la floresta del entorno. Don Minero me explicó, que en los días de poco viento y cuando el aire se hacía insoportable, tocaban una sirena y permitían a los obreros que abandonaran el tajo y pudieran buscar las alturas, pero, luego… les descontaban las horas que habían estado fuera. De cómo un cuatro de febrero, en la Plaza de la Constitución –donde estaba el Ayuntamiento de Riotinto-, se reunieron varias manifestaciones para protestar por las condiciones laborales procedentes de toda la Cuenca. Allí, en esa plaza, estaban esperándoles un montón de soldados con fusiles. A una señal de alguien, se pusieron de rodilla y encararon sus armas disparando contra la multitud, dejando un reguero de sangre, dolor y odio, que todavía perdura en el subconsciente colectivo.
Me reveló con todo lujo de detalles que una noche densa en aguas negras y en desgracias, hubo un corrimiento de tierras que se tragó a la mayor parte del pueblo y que el 15 de septiembre de 1916, se consumó su desintegración con la voladura de la iglesia que hizo desaparecer definitivamente el asentamiento original. Las causas de este suceso funesto nunca estuvieron claras, quizá la mina debía avanzar por ahí, dice Don Minero, pero eso…, eso es secreto de “La Compañía”, dueña y señora del suelo y del subsuelo…, del aire, del pan, del agua, de la sangre… y de los sentimientos”.
Me habló de cómo uno de los directores –de los amos-, llamado Mr. Browning, cuando había elecciones, colocaba en toda la Cuenca edictos que decían:
“Yo, Walter Browning, Director de la Río Tinto Company Limited ORDENO Y MANDO: Que los nombres que hay que votar en las próximas elecciones provinciales son los siguientes: …”
“Niños famélicos, ausentes, sin juegos ni sonrisas, miran cansados y hambrientos, con ojos sorprendidos, el paso detenido de las horas”, continuaba, mientras su pata de palo marcaba el ritmo de nuestros pasos por el pasillo, así como la cadencia de su verborrea incesante.
Don Minero ha sido para mí, en esta noche reveladora, todo un descubrimiento del sufrimiento de una serie de pueblos marcados a fuego por los vaivenes del Negocio. Don Minero es como un almuédano que desde el alminar de la conciencia de la Cuenca Minera, evoca la memoria de una comarca que ha sufrido durante milenios el avasallamiento impuesto por los especuladores. Amos que llegaron al olor del mineral escondido en la ¿maldita? tierra y que usaron a sus moradores como bestias de carga. Don Minero es la conciencia de una sociedad agredida; la memoria real de la Historia siempre amputada por los que la escriben con intereses espurios.
Yo les invito a que conozcan a Don Minero. Ello es posible. Don Minero es el personaje de un libro del poeta Juan Delgado López, se llama Cuentos del viejo capataz.
Quiero aprovechar esta tribuna para que, aquellos que tienen en sus manos la posibilidad de dar solución a los problemas de los cerca de mil mineros onubenses, que llevan años malviviendo, se acerquen a este maravilloso libro y “escuchen”, como yo lo hice, a este personaje de ficción que encarna la realidad de la Cuenca Minera. Quizás sirva para ablandar los corazones -la conciencia no parece suficiente- de los que pueden solventar una crisis que resulta dramática para cientos de familias que malviven en la zona y, de paso, sentirse satisfechos por una puñetera vez en sus vidas de haber hecho las cosas bien.

Después de este descubrimiento, vino el interés por la obra de Juan Delgado. La hermandad, sin conocernos aun, fue fraguándose con la lectura de sus poemas, con la ligazón que me hicieron sus versos…
Los libros de Juan Delgado parecen nacer de un cuerpo lacerado, de una mente en donde chocaron estrepitosamente la razón y los mitos, o el pensamiento y las tradiciones.
Así, Juan Delgado, vertebrado por oscuros hachazos nacidos de todos los gritos que pueden encontrarse escondidos en el silencio, en las arboladuras inaprensibles de la duda, en el arraigo del cuerpo a la tierra viva, en la sinrazón de la razón que nos puede llevar a la locura, en la incomprensión del destino del hombre -no ya por su génesis sino por la imposibilidad de encontrar respuestas a la pregunta de por qué y para qué hemos nacido…-, así, Juan Delgado decía, parece abocado, como todo gran poeta, a vivir no solo las vidas que hay en su vida, sino en las demás vidas: pretéritas y futuras.
Por eso su poesía es esencial, porque transciende. Porque va más allá de lo que aparentemente dicen las palabras. Sus poemas encierran imágenes en sentido platónico, ideas, incluso palimseptos… que no pierden de vista nunca la barca de Caronte, acunada por la desilusión y la esperanza, y por la imposible existencia de óbolo alguno con que pagar el viaje de la vida y su inexcusable destino.
Dice Juan Delgado en “El Cedazo”:

“Es triste que los niños pasáramos las tardes
jugando a hacer la guerra,
jugando a matar niños.”

Juan Delgado no sólo ha vivido para él, ha vivido para sentir el dolor de los otros además del propio.
Continúa en “El Cedazo”:

“Pero a pesar de todo, en un bolsillo
del alma tengo oculto mi tesoro
por si vuelven mis tiempos de chiquillo.
Y mientras, como un hombre voy luchando:
En las esquinas de la vida lloro
Y en las aceras de la muerte ando.”

Como puede colegirse Juan esconde aún, a pesar de la negra carga que aporta el sufrimiento, una semilla escondida en un bolsillo del alma. Recordemos:

“Pero a pesar de todo, en un bolsillo
del alma tengo oculto mi tesoro
por si vuelven mis tiempos de chiquillo.”

Algo que el Juan-creador sabe que no es posible, pero aun así, espera.
En “Oficio de Vivir”, otro de sus libros, que clausura con 23 sonetos, hay un poema llamado “Desnudo de hombre”. Dice así:

Aquí. Desnudo en el dolor.
Con la recién nacida
idea de la soledad.
Víctima del instante
y víctima también de lo infinito.

Aquí. Desnudo de amor.
Con los ojos clavados en la duda
y las manos cargadas de silencio.
Con la sangre que duele,
y es amarilla, y arde…
y va gritando al hombre
la angustia de ser hombre.

Aquí. Desnudo de dios.
Solo.
Sin esperar la paz del tiempo
porque el reloj del pulso
va marcando los siglos,
y por la tierra toda
se pudre la esperanza.

Aquí. Abrazando al abrazo
fatal del pensamiento.

El poeta-niño de “El cedazo” se hizo poeta-hombre en “Oficio de vivir”. Y con el razonamiento apareció la duda. Y pegada como una lapa a la roca más que milenaria de la tierra, nació con ella –con la duda- el sufrimiento. No hay cuentos, ni filosofías, ni políticas, ni religiones… que puedan enfrentarse a la razón, y Juan-hombre lo sabe. No lo intuye, lo sabe; se lo comunican la naturaleza y los actos de los hombres encaminados a destruirla y destruirse; y se duele, y se desespera… y mientras el Can Cerbero se aleja, ahuyentando a los mitos y a las tradiciones todas, queda la soledad más profunda, el vacío: “el hombre solo, desnudo de dios, abrazado al abrazo fatal del pensamiento.”
Continúa Juan-hombre, no obstante, abriendo rendijas a la esperanza y cerrando puertas a la duda, cuando dice:

Quiero abrazar al mundo
con las yemas calientes
de mi palabra herida.
Quiero que cuando muera
algo más que las sombras
acaricien mi cuerpo.

Como Sísifo Juan Delgado lleva día a día y a cuestas, la piedra dura, tosca y cerril del razonamiento: esa clarividencia. Pero ésta, compelida siempre por las tradiciones y los sentimientos, una y otra vez ha venido a rodar hasta el pie de la ladera, para que, Juan-poeta, mientras viva, la empuje de nuevo sin desfallecimiento hasta la cúspide de la montaña. Allí en donde la vista se hace más larga y el viento corretea libre, como sus pensamientos. Esa es la grandeza de Juan Delgado, la que le aportan sus convicciones. Esa es también su cicuta, la que voluntariamente bebió Sócrates por no aceptar a su entender lo irrazonable.
El mundo creado por Juan Delgado es inabarcable, como todo mundo. Su obra es de tal magnitud, profundidad y buenas hechuras, que no hay palabras ni ideogramas que puedan explicarla. Hay que sentirla, beberla, comerla, tocarla y olerla. Hay que hacerse palabra para navegar en el río incesante de sus palabras, siempre abocadas a un fin: la expresión de lo que bulle y duele en sus adentros.
Es sabido que el poeta cuando ejerce como tal, cuando desempeña su oficio, lleva en sí todo el dolor y todo el amor del mundo, a cuestas… en una mochila llena de sentimientos, de dudas, de pasiones, de indignaciones… Además el poeta como tal, no tiene edad y tiene todas las edades. No posee uso de razón y tiene la Razón. Eso es lo majestuoso de la literatura, y por excelencia de la poesía. Porque, en la poesía no se malgastan palabras: ni sobra ni falta nada. La poesía no necesita explicarse, lleva en sí todos los elementos que le dan completud, que la hacen plena, esencial.
El escritor… en este caso el poeta, es dueño del alfabeto. Y con el firmamento de la palabra en la mano crea su propio Universo. Pero ese espacio creado, nuevo, de nada serviría si no es interpretado por el lector, por cada lector, que es quien en definitiva terminará conformando un mundo propio con la inspiración sobrevenida por la amarradura de los versos leídos y sentidos.
Y eso es lo que nos provoca la poética de Juan Delgado, porque está acunada con elementos esenciales: infancia, amor, naturaleza, cromatismo, dulzura, ira, incomprensión, compromiso social, duda, humanismo… materiales básicos todos que conforman, o deberían conformar eso que se denomina ser humano.
También publiqué en prensa sobre Juan Delgado, hace un par de años, lo siguiente:

“Un hombre, solo es un hombre.” Pero a tenor de lo que podría decir Rodríguez Castillo, “es el designio de un Dios”. Se llama Juan Delgado. De él, Garrido Palacios manifiesta a diestra y siniestra e incluso de frente, que es el gran poeta de la Cuenca Minera de Huelva. Y lo es. Con más de veinte libros editados, no ha mucho que puso en circulación “Habitante del bosque”. Lo he leído…, quizá debería decir recitado -¿orado?- oyendo el eco de mis palabras dando sentido a lo que somos. Y no se me van las ansias de preguntar: “¿Es el chopo o es el aire quien canta?” De la existencia de Juan Delgado “dan fe el eco de las montañas” y “los árboles de silencio”, esos que derraman gotas doradas para alfombrar el otoño; también, una suerte de mariposas amarillas como goteras de luz que debieran alumbrar el entendimiento y la visión real de las cosas. Hace años, en una noche negra, un personaje suyo me sirvió de guía para encontrar la paz. Hoy, que escribo esta reseña, después de la lectura de este inmenso poemario, afirmo que Juan Delgado es “poeta más allá de la vida” y del tiempo.

Y acabo, para no ocupar más tiempo, con la lectura de un poema de Juan Delgado, del libro “El sueño de una noche de ginebra”:

“Pon otra copa”, dice una voz que no es la mía
mientras se me estremece el tiempo
en la cintura del vaso largo y frío.
Fantasmas del amor
corretean por la sangre
dispuesta a la pelea de la lubricidad;
por la ventana abierta entra un sol que no existe;
acaricio su luz y se levanta erecto hasta mi boca
como un perfume vaginal
la noticia de su pasión y entrega:
son los caminos del amor, la muerte y el amor,
siempre juntos, como el fuego y el aire,
como el llanto y la risa:
como un juego: la muerte y el amor.
Hay un canto perverso de ondulantes sirenas
que pregonan y ocultan
su imposible culminación del sexo.
Todo es transparencia imaginada;
todo resplandece de nácares sublimes
y aljófares magníficos,
de vidrieras profanas para mejor filtrar
la luz que se adentra en la sangre
que es ansiedad de rojas madrugadas de vicio
y aguardiente y amores con minúscula.
Todo es un templo enorme consagrado a Afrodita,
donde yo soy, muy lento, el sumo sacerdote
que cuida la llanura de nácares perfectos
con montes florecidos en ébano sublime,
con valles suntuosos y aceites esenciales
que pregonan la vida,
con ríos palpitantes de eternidad violeta.
Cariátides de carne casi mármol ardiente
que ofrecen el delirio de sus pechos de luna delirante
como cálices puros donde beber la muerte que es la vida.

GRACIAS POR EXISTIR, MAESTRO.
JUAN DELGADO, POETA.
Paco Huelva
Enero de 2010

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