TEXTO ENVIADO POR J.J. BERMEJO, EXTRAIDO DE: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (www.cervantesvirtual.com)
Venturas y desventuras de un viaje decisivo
Del primer viaje de Colón se conserva un documento excepcional, el Diario que redactó el propio descubridor, gracias al resumen del mismo que realizó fray Bartolomé de las Casas. Las Casas recogió todo lo esencial y los detalles que le parecieron de interés, reproduciendo literalmente un número muy considerable de párrafos. Pese a que la copia que utilizó el regular tenía una letra en ocasiones confusa, la rigurosidad de su trabajo, junto a otros indicios. El transcriptor utilizó el Diario en su Historia de las Indias, lo que ha permitido complementar su resumen, así como los datos ofrecidos por la menos fiable versión del hijo de Cristóbal, Fernando Colón.
La expedición partió de Palos el 3 de agosto de 1492. Tras oír misa, los tripulantes se trasladaron en botes a las naves, que estaban ancladas en la barra de Saltés, frente a la Punta del Sebo. Los primeros augurios no fueron demasiado positivos, porque apenas tres días después se desencajó el timón de La Pinta, quizá de forma intencionada. Ello obligó a la expedición a detenerse en las Canarias, islas a las que llegaron el 9 de agosto. Las reparaciones duraron casi un mes. Mientras tanto, se procedió al cambio del velamen de La Niña. El jueves 6 de septiembre, los expedicionarios partieron desde La Gomera hacia lo desconocido, aunque una calma les obligó a permanecer dos días prácticamente parados frente a las islas. El 9 de septiembre, favorecidos por los alisios, pusieron proa hacia el oeste, perseguidos por el rumor de que una flotilla portuguesa de tres carabelas los estaba buscando. El día 17 arribaron a los Sargazos, lo que alimentó las expectativas por llegar pronto a tierra. La frustración de esta esperanza hizo surgir la inquietud entre los tripulantes. Paradójicamente, el desasosiego derivaba también de la regularidad y la fuerza del viento de popa, pues ello les hizo temer no poder hallar vientos favorables para el viaje de regreso. Por ello, Colón, tal como escribió en su Diario, celebró durante la travesía la existencia esporádica de vientos contrarios. Asimismo, para tranquilizar a sus marineros, tomó una segunda precaución: con relativa frecuencia se preocupó por comunicar de manera oficial a los tripulantes estimaciones de distancias navegadas menores a las reales, anotando las verdaderas en secreto.
Desde el 25 de septiembre crecieron considerablemente las murmuraciones. Y el 6 de octubre estalló un motín que únicamente pudo ser dominado cuando Martín Alonso Pinzón impuso su firmeza. La inestabilidad volvió a resurgir, no obstante, cuatro días después, el 10 de octubre; pero entonces, Colón ya había tomado una decisión, que fue fundamental. El mismo día de la revuelta, Martín Alonso Pinzón propuso cambiar el rumbo, pero Colón se negó. Sin embargo, el día siguiente vio algunas bandadas de pájaros y optó por dirigirse hacia el sudoeste. Y acertó plenamente, pues de no haber variado la ruta, la flota habría ido a parar, bien a la península de Florida (con mucha suerte), o bien al centro mismo del Atlántico, ya que con toda probabilidad la corriente del Golfo les habría desviado de cualquier destino continental.
Después de muchas causalidades, por fin, la noche del 11 al 12 de octubre Colón afirmó haber visto una luz en la lejanía, por lo que ordenó a la tripulación que redoblase su vigilancia e incrementó los premios para el primero que avistase tierra. Y a las dos de la madrugada, Juan Rodríguez Bermejo, conocido como Rodrigo de Triana, dio la voz de «tierra»: una isla coralina del archipiélago de las Bahamas, que bautizó con el nombre de San Salvador.
Sobre la travesía, cabe plantear que descontando los dos días de calma que estuvieron frente a las Canarias, habría durado 34 días de navegación por mares desconocidos. Una navegación puramente a la estima, intuitiva, pues Colón calculó las distancias navegadas a ojo (todavía no existía la corredera). El descubridor siguió el paralelo 28º N. -el de La Gomera- por las expresas órdenes de evitar la infracción del tratado con Portugal. Un ruta tan acertada que fue la que siguieron prácticamente todos los convoyes que se dirigieron al Nuevo Mundo en los siglos posteriores. Si acaso, un rumbo algo más meridional, pues la línea apuntada se halla en el límite entre los alisios y las calmas. En el segundo viaje y en las travesías posteriores, los navegantes buscaron la fuerza del alisio del noreste un poco más al sur, partiendo de los 28 º N. de La Gomera para trazar un gran arco que llevaba a los 13 ó 14 º N., en las Pequeñas Antillas.
El viaje fue relativamente rápido, a una velocidad comparable a la que lograron los convoyes de los siglos XVI y XVII, lo que ha dado lugar a todo tipo de comentarios, alimentando las suposiciones de que Colón conocía lo que estaba haciendo. De todas formas, al despertar el alba el 12 de octubre, Colón creyó ver el extremo oriental de las tierras descritas por Marco Polo, sin tomar conciencia, como quizá nunca la tomó, de que estaban ante unas costas nunca antes avistadas por europeos.
La idea de un viaje entre Europa y Asia, atravesando el Atlántico, fue una hipótesis manejada ya por los sabios clásicos. Aristóteles, por ejemplo, escribió, después de demostrar la esfericidad de la Tierra, que se podía navegar de las Columnas de Hércules a las tierras del Extremo Oriente en pocos días. Y Séneca hizo alusión en repetidas ocasiones a dicha posibilidad. Por ejemplo, en Medea escribió unas líneas ciertamente proféticas: «Llegará el momento en que las cadenas del Océano caigan a un lado y un vasto continente sea revelado, en que un piloto descubra nuevos mundos y Tule deje de ser el último extremo de la Tierra». Y en la misma línea, también dejó escrito: «En realidad, ¿qué distancia hay entre las playas extremas de Hispania y las de la India? Poquísimos días de navegación, si sopla para la nave un viento propicio».
La idea de encontrar las Indias atravesando el Atlántico no era nueva. Fue manifestada tanto en la época clásica como en vísperas del proyecto colombino. Pero el problema en ambos momentos fue el mismo: que alguien quisiese y lograse llevarla a la práctica. Es decir, «los más osados admitían que el viaje a China, rumbo al oeste, podía hacerse, y unos cuantos opinaban que debía hacerse; pero nadie cuidó de intentarlo, hasta que el joven genovés Cristoforo Colombo comenzó a importunar a la gente para que financiara el proyecto».
BIOGRAFIAS: Cristóbal Colón. ( 4ª Parte)
lunes, 1 de septiembre de 2008Publicado por jepane en 6:23
Etiquetas: BIOGRAFIAS
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