DON ZACARIAS ( de MIGUEL LOPEZ DELGADO) 2

sábado, 14 de febrero de 2009

Al poco, el cura adoptó un paso cansino y convirtió su sprint en un paseo campestre. Lentamente se iba percatando de que su arranque de furor y ansias de venganza no habían estado en consonancia con sus creencias. Y, casi sin tomar conciencia de éllo, comenzó a charlar con su Dios; un Dios que distaba bastante del preconizado por el Obispado, que allá en Huelva capital, sabía poco o nada de las vicisitudes de un cura rural perdido, desde hacía años, en la cuenca minera de la que no quería salir; un cura duro de mollera y poco o escaso tacto político que casi nunca atendía a las recomendaciones emitidas por los sesudos teólogos que arropaban al Obispo y que, cómodamente instalados en la sede episcopal, no conocían, ni querían conocer, las miserias de la vida minera. El Dios de Don Zacarías había ido perdiendo, con el paso de los años, el carácter rígido, inflexible y vengativo con el que lo revistieron en el Seminario al presentárselo. El profundo conocimiento práctico que el cura había adquirido sobre las razones que mueven a los hombres a cometer las barbaridades más enormes había configurado un Dios más humano y comprensivo que, aunque seguía condenando los mismos pecados que la Iglesia Católica oficial, lo hacía de forma que el pecador no se sentía un ser aberrante si no, más bien, un hombre que se había equivocado y que podía, debía y era capaz de rectificar. Las penitencias que Don Zacarías imponía nunca implicaban oraciones sobre cuyo efecto siempre quedaban dudas en el ínterin del pecador si no, por el contrario, las consecuencias eran bien visibles y medibles ya que generalmente consistían en ayudar, en lo que fuese necesario, a alguien más necesitado que el caído en desgracia.

- ¡ Oyeme, Dios, por favor! - musitaba Don Zacarías - ¡ Ya sé que he vuelto a meter la pata...pero es que esos diablillos me han cabreado y me he arrancado en corto!.- En invierno hace mucho frío y se cuela por las rendijas.... ¡ y Tú ya sabes como ando en el asunto de mantas!. No debí dejarme arrebatar por la ira y salir en persecución de los críos dominado por mi orgullo herido...me arrepiento e intentaré que no vuelva a ocurrir...¡ pero es que mira Tú la costumbre que han ido a coger de romper los cristales de la casa...¿porqué no rompen los de las suyas? ¿A ver que pasaba con sus padres?...Sí, ya sé, ya sé, no hace falta que me lo digas: ya me voy subiendo otra vez a la parra...pero se me vá pasando. Es ese pronto que Tú conoces y que, algunas veces, me pierde.- Perdona. -

El tiempo, como si quisiera reflejar la complacencia de Dios por la charla íntima del cura, deslizó bajo el sol una suave y algodonosa capa de nubes que tamizó ligeramente el calor que achicharraba al hombre bajo la sotana. El sudor que perlaba la cara de Don Zacarías comenzaba a desaparecer y una suave brisa le refrigeraba las orejas haciéndole sentirse aliviado.

- De cualquier forma, voy a ver si les doy alcance y les reprendo su conducta - continuaba su confesión el cura - Alguien ha de educar a esos niños y decirles lo que está bien o mal. Si sus padres no pueden, aunque me consta que más bien no saben, de ésto ya hemos hablado antes Tú y yo, lo haré yo. No, no temas. No me pasaré; lo haré con buenos modos. Cuando me lo propongo sé hacerlo, ya me conoces.

Para entonces Don Zacarías había dejado atrás el monte y caminaba por un sendero serpenteando por el seno de un eucaliptal que exhalaba un intenso y refrescante aroma a mentol. El poblado minero se encontraba ya cerca y se podían oír los ruidos metálicos de los trabajos de extracción de mineral en la corta situada a un nivel superior que las casas: los sonsonetes duros y sincopados de las perforadoras neumáticas taladrando barrenos en la roca, el chirriar escandaloso de los ejes de las vagonetas del mineral, los golpes de las mazas clavando en el suelo las barrenas a las que los saneadores fijarían las sogas para descolgarse por los taludes de los bancos y un sinfín de rumores, crujidos y chiribías que denotaban la existencia de una mina viva y en plena actividad.

Al doblar un recodo del camino, Don Zacarías creyó percibir un ruido anormal que no pudo identificar. Quedándose quieto irguió su más que notable corpulencia y aguzó las orejas camino adelante que era de donde le había parecido que provenía el ruido. Al momento volvió a oirlo y, sin duda alguna, se trataba de un llanto que emanaba de algún lugar próximo a la fuente a la que se acercaba el sendero y que, desde allí, no era todavía visible para el cura.

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