DON ZACARIAS ( de MIGUEL LOPEZ DELGADO) 23 Y ULTIMA

sábado, 4 de julio de 2009

Amig@s; termina aquí esta interesante historia. Hemos disfrutado con su lectura, así como con el hecho de podérosla ofrecer gracias a su autor, el cual nos la hizo llegar para su publicacion en El Minero Digital. Queremos animaros a que hagáis lo mismo que el amigo Miguel Lopez. Esperamos vuestros relatos en nuestro correo.
De nuevo; gracias a Miguel Lopez Delgado por este mágnifico DON ZACARIAS:

Pensó en volverse a tumbar y continuar durmiendo; entonces lo oyó. Débil, lejano, quizás imaginario, pero lo oyó. Prestó más atención y sus dudas se disiparon. La sirena de alarma de la mina dejaba oír su interminable y dolorido quejido con un pitido que fue calando en el cerebro del cura hasta perforar el centro. Se vistió y partió hacia la mina para ver que había ocurrido.

- ¡ Dios, haz que no sea nada ! – hablaba Don Zacarías mientras corría por el camino - ¡ Haz que no sea nada !. ¡ Que no haya muertos ni heridos ! ¡ Tú puedes, hazlo !....no me falles.

Al llegar al poblado, toda la gente estaba fuera de sus casas; unos medio vestidos, otros con la ropa de cama y algunos, completamente vestidos, se dirigían ya hacia la corta, al pozo. Todos hablaban al mismo tiempo. Don Zacarías, entre los llantos de unos y las voces graves y urgentes de otros, pudo enterarse de que la tierra había vibrado y hubo un ruido espantoso; después había comenzado a sonar la sirena.

Una fantasmal procesión de temblorosas llamitas anaranjadas de los focos de carburo ascendía por el camino, tantas veces recorrido, desde el poblado a la corta. El cura se unió, presuroso y encogido, a los que subían lanzando imprecaciones y maldiciones; algunas piedras pequeñas, removidas por los que iban en cabeza, descendían rodando y a punto de herir a los que iban más abajo pero nadie detenía su penoso avance.

Llegaron arriba, a la boca del pozo. La sirena ensordecía con su aullido amenazador. Bajo la escasa luz que proporcionaba el cielo miraban hacia la corta; nadie la reconoció. Era como si hubiese empequeñecido de repente, no era tan profunda ni tan circular como cuando la vieron por última vez. Alguién, en medio de la oscuridad, gritó horrorizado:

- ¡ Se ha hundido !. ¡ Dios !, ¡ la corta se ha derrumbado ! -

El grito traspasó los tímpanos de los que allí estaban mirando, incrédulos ante lo que sus ojos veían, pero su significado no acababa de calar en sus cerebros. Atónitos, enmudecidos, expectantes y con el miedo atenazando y haciendo presa en lo más profundamente esencial de sus personas, nadie reaccionaba. El talud oeste de la corta se había deslizado desplomándose dentro de élla; el corrimiento de tierras había rellenado más de la mitad del hueco y, en su parte superior, se habían abierto grietas paralelas, enormes y profundas, que amenazaban con seguir rajando la tierra hasta acabar ocultando la corta. De vez en cuando se escuchaban aludes de piedras que seguían deslizándose desde sus posiciones inestables. La voz volvió a gritar:

-¡ La contramina estaba debajo ! ¡ Por fuerza tienen que haberse hundido las galerías también ! ¡ Los hombres del tercer relevo estaban abajo...!-

La sola mención de los hombres del tercer relevo fue suficiente para que todos comprendieran la magnitud del desastre que presenciaban. Como confirmación de la tragedia comenzó a salir polvo por la boca del pozo y se escucharon gritos de socorro en el fondo de la corta proferidos por algunos hombres que estaban consiguiendo salir por una pequeña galería de ventilación. Los llantos desgarrados de las mujeres hicieron que los hombres reaccionasen moviéndose en todas direcciones aunque sin saber muy bien hacia donde. Don Zacarías, presa de un estupor que lo mantenía paralizado, se sintió zarandeado por unas arcadas que le hicieron vomitar las sardinas de la cena.
La confusión fue total durante toda la noche y poco pudieron hacer para rescatar supervivientes hasta que se hizo de día. Con la llegada de la luz, el desastre adquirió sus verdaderas proporciones horrorizando a los más calmados. Los hombres que consiguieron salir de la contramina no lograban articular frases inteligibles y los ataques de nervios les hacían gimotear como niños desvalidos; ninguno de ellos permitía quedarse solo o a oscuras. Cuando se pudo hacer un recuento, se llegó a la conclusión de que abajo habían quedado quince hombres, muertos o enterrados en vida.

E P Í L O G O

Las labores de rescate se prolongaron durante un mes; a lo largo del cual se lograron rescatar los quince cadáveres. La mina fue declarada en ruina total e imposible de poner nuevamente en explotación; la empresa minera indemnizó, conforme a la ley, a todos los mineros y los despidió. Don Lalín desapareció de la circulación y, hasta el día de hoy, se ignora su paradero.

Don Zacarías permaneció en la corta prácticamente hasta que se recuperó el último cadáver y ofició su ceremonia fúnebre. Después, cayó en la melancolía y en un mutismo absoluto. Desde el atrio de la iglesia vió partir, uno a uno, a los mineros supervivientes y a sus familias que iban hacia otras minas u otros lugares donde vivir; con un desganado gesto de la mano les decía adiós y les daba su bendición mientras las lágrimas enturbiaban sus ojos hundidos. Los úlimos en partir fueron Fermín y su familia. Cuando el cura quedó solo en Peña de Hierro, se presentó Anselmo quien, con amables gestos, lo hizo subir al coche y se lo llevó de allí. Don Zacarías no volvió la cabeza al doblar el recodo que le ocultaría definitivamente la iglesia. Hoy vive internado en un monasterio de la Sierra de Montserrat donde no hay ninguna campana, no soporta el oír un toque de campana y sigue sin hablar.

Una vez terminadas las labores de rescate y abandonado por todos sus habitantes, el poblado minero recibió el último gasto de la empresa minera. Un moderno tractor entró por una punta y salió por la otra derribándolo todo a su paso. La iglesia, incluida también en la orden de derribo, corrió mejor suerte, bien sea por desidia o por respeto del tractorista; una suave envestida con la máquina tiró abajo el atrio y el portalón de entrada, lo demás quedó en pié. Con el paso del tiempo, desapareció la campana en manos de un desaprensivo o de algún necesitado que sacaría algunas monedas con el bronce. El resto de la iglesia, adornado con irreverentes graffitis, aún hoy puede verse alzado en la explanada, al pié de la carretera que dá acceso a Peña de Hierro.

La corta, de un colorido mineral maravilloso, guarda eterno silencio aunque, sentado en el filo del banco más alto y escuchando con atención religiosa, pueden oirse las voces de los mineros que la abrieron, el ronroneo de las máquinas y el estampido de los barrenos. Su fondo, inundado por aguas ácidas y tintadas de púrpura oscuro, reflejan el azul del cielo y las blancas nubes que por él se deslizan. La galería Santa María drena el excedente de estas aguas hasta verterlas en el río Tinto.

Peña de Hierro nunca tuvo cementerio.

Rio Tinto, Enero-Septiembre, 1.999

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