LAS CIFRAS ESPAÑOLAS
La línea delantera y principal estaba provista de dos poderosas escuadras de diez galeones, los de Portugal y Castilla, éstos últimos acompañados de cuatro galeazas de Nápoles, comandadas por Hugo de Moncada. En segunda línea cuatro grupos de diez barcos cada uno. Contaba la expedición con 34 barcos más ligeros y una escuadra provista de 23 barcos más pequeños que disponían de víveres y municiones. Entre toda la munición cabe destacar los 2431 cañones, 123.790 balas de hierro y piedra, 5600 quintales de pólvora, un sinfín de provisiones e indumentaria militar, animales de carga y otros utensilios militares componían el potencial de salida unido a los recursos humanos desplegados: más de 8000 marineros, casi 19000 soldados y más de 2000 remeros.
El apoyo humano en tierra se resume a 146 hombres gentiles, 238 oficiales de reemplazo con sus correspondientes criados, funcionarios de justicia y más de 160 artilleros, 180 sacerdotes y frailes, seis cirujanos y seis médicos. No todos eran españoles pues se contaba con portugueses, italianos, alemanes, flamencos e incluso irlandeses y portugueses, en número aproximado de 4000 personas.
LOS INGLESES
La flota inglesa se nutrió de los oficiales navales y soldados más prestigiosos de su historia. Más de 140 buques se encontraban en el Canal de la Mancha dispuestos a la batalla. El navío Elisabeth Jonas, el Golden Lyon, el buque insignia Ark de Howard, el Revenge de Drake, el Victory de John Hawkyns, el Triumph de Frobisher, el Dreadnought de Beeston, el Nonpareil, Hope y un numeroso grupo de embarcaciones menores muy ligeras, más maniobrables, componían el grueso de su potencial naval. Felipe II acertó al pensar que los ingleses preferirían atacar de lejos porque aventajaban a la Armada en artillería.
EL ORIGEN DIVINO DE LA EMPRESA
Era tal la obcecación del monarca en el origen divino de la empresa que hizo confesarse a toda la armada antes de partir. Todos debían recibir la absolución antes de marchar y nadie debía blasfemar o encontrarse en pecado mortal. Los pajes de los barcos debían dar los buenos días al pie del mástil mayor y al caer la noche debían recitar el Ave María y los sábados la Salve.
Las disputas y viejos rencores debían aplazarse hasta después de la expedición bajo pena de muerte por traición. Nadie debía llevar dagas para evitar roces con el resto de la tripulación. Existía un santo y seña para cada día de la semana: Lunes Espíritu Santo, martes La Santísima Trinidad, miércoles Santiago, jueves Los Ángeles, viernes Todos los Santos, sábado Nuestra Señora y domingo Jesús.
"Mares grandes y peligrosos, mas con Jesucristo crucificado todo se puede" era la consigna que parecía estar presente entre la tripulación, pues se creía fervorosamente en la ayuda divina.
EL PLAN
Adentrarse en el Canal de Inglaterra llegando al Cabo de Margate donde esperaría el Duque de Parma para asegurar el paso de las tropas. Una vez tomado Kent debería prepararse el asalto sobre Londres al tiempo que debían esperar pacientemente que los enemigos de Isabel, en el norte, oeste e Irlanda se alzasen para ayudar al ejército invasor para someter el reino. No obstante, los especialistas pensaron que era un plan peligroso y poco efectivo enviando una misiva al rey con la intención de cambiarlo.
El Rey no cambió su plan. Sin embargo, era consciente de lo arriesgado de la empresa y en caso de no contar con esa ayuda local, el duque de Parma, debía solicitar tolerancia para la iglesia católica, rendición de las ciudades holandesas controladas por los ingleses y el pago de una indemnización de guerra.
El DUQUE DE MEDINA SIDONIA
Alonso Pérez de Guzmán el Bueno procedía de uno de los ducados más antiguos de España, el ducado de Medina Sidonia, en Cadiz. El apodo del bueno se remonta al siglo XIII en honor a las andanzas de este linaje en sus enfrentamientos con los musulmanes que se hallaban en nuestras tierras. Su padre murió cuando sólo tenía cinco años encontrándose con una vasta fortuna familiar procedente de las propiedades de su abuelo y con el título de duque. Tomó como esposa a Ana, princesa de Eboli, a temprana edad y, llegó a tener más de doce hijos. En 1588 ya tenía cuatro.
El secretario del rey, Juan de Idiáquez, le envió la carta que le nombraba Capitán General del mar Océano y le otorgaba el mando de la flota naval española asentada en Lisboa, con la responsabilidad de conquistar Inglaterra, en nombre de Dios y del rey.
Uno de los motivos fundamentales era el mal estado de salud del Marqués de Santa Cruz, comandante en jefe de la flota naval. El Duque jamás aceptó de buen grado la misión encomendada alegando inexperiencia en asuntos navales, su ignorancia estratégica y táctica de la empresa.
Felipe II le recordó con una carta de donde procedía su casto y guerrero linaje familiar.
LA MEDIA LUNA O EL PÁJARO
Los oficiales ingleses y los relatos legendarios de la batalla señalan como la Armada española formó como una media luna, o luna creciente. Sin embargo, otros autores establecen que era todo un riesgo este tipo de formación y que la decisión final fue mantener a la flota con una formación más parecida a la de un pájaro, pequeñas embarcaciones en el centro, a la cabeza la magna escuadra del duque y al frente la formación de la escuadra de Don Pedro Valdés.
Los flancos estaban protegidos por dos alas de galeones y otras embarcaciones que marchaban en línea recta. Todo su frente ocupaba una extensión de cuatro millas y las personas que la divisaran desde lo alto de un monte podrían comprobar su aspecto, muy parecido a una media luna.
En caso de que algún barco decidiera internarse por algunos de los extremos de la media luna sería atenazado de inmediato al cerrarse ambos flancos, quedando en su centro desguarnecida y a merced de los barcos centrales españoles.
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